Huir no debería ser una forma de vivir

Por Daneidys Kattiuska de José Pardo Vasquez

Hay recuerdos que marcan un antes y un después en la vida. Para mí, uno de ellos fue ver cómo el miedo entró a mi hogar y se sentó a nuestra mesa.

Crecí en Venezuela, un país lleno de gente cálida, de paisajes hermosos y de sueños. Durante muchos años pensé que mi futuro estaría allí, cerca de mi familia, construyendo la vida que imaginaba desde niña. Nunca pensé que llegaría el momento en que tendría que marcharme para sentirme segura.

El día que Daneidys llegó a Medellín.

La primera vez que comprendí que la libertad no estaba garantizada fue cuando mi hermana fue encarcelada por participar en manifestaciones. Su único delito había sido levantar la voz y expresar lo que pensaba. Recuerdo la angustia de mi familia, las noches sin dormir, la incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Recuerdo esa llamada de ella, contándome que estaba presa y que no le dijera nada a mamá; recuerdo sentir rabia, impotencia y, sobre todo, miedo.

Miedo porque entendí que aquello que parecía imposible podía sucederle a cualquiera.

A partir de ese momento, comencé a vivir con una sensación que muchas personas afortunadamente nunca han tenido que experimentar: el temor constante de que expresar una opinión pudiera traer consecuencias. Vivir así desgasta el alma. Poco a poco empiezas a medir tus palabras, a preguntarte qué puedes decir y qué es mejor callar.

Hay quienes creen que migrar es una aventura. Y quizás para algunas personas lo sea. Pero cuando te vas porque sientes que ya no puedes vivir con libertad ni seguridad, la historia es diferente.

Nadie se despide de su país porque quiere.

Uno se va porque siente que quedarse duele más.

El día que salí de Venezuela no solo dejé una tierra. Dejé abrazos pendientes, cumpleaños familiares, tradiciones, calles llenas de recuerdos y una versión de mí que pensaba que todo iba a salir de acuerdo con el plan.

Recuerdo la incertidumbre de llegar a un lugar nuevo: no saber cómo sería el futuro, no saber si lograría encontrar oportunidades, no saber cuánto tiempo tardaría en sentirme en casa otra vez.

Y cuando eres madre, esas preguntas pesan aún más.

Porque ya no se trata solamente de ti.

Se trata de las personas que dependen de ti. Se trata de intentar ser fuerte cuando por dentro te sientes rota. Se trata de sonreír para transmitir tranquilidad aunque estés llena de preocupaciones. Se trata de levantarte cada día porque sabes que rendirte no es una opción.

Hubo momentos en los que me sentí invisible. Momentos en los que sentí que todo lo que había construido en mi vida había quedado atrás, como si hubiera tenido que empezar desde cero mientras cargaba una mochila llena de recuerdos, pérdidas y nostalgias.

Pero también hubo personas que me tendieron la mano.

Hubo oportunidades que me permitieron volver a creer en mí, como la Fundación Juanfe.

Hubo espacios donde descubrí que mi historia no terminaba con la palabra “refugiada” o “migrante”.

Con el tiempo entendí algo importante: sobrevivir no era suficiente. Yo quería volver a soñar.

Y paso a paso lo hice.

Aprendí a reconstruirme. Aprendí a reconocer mi valor más allá de las circunstancias que me obligaron a salir de mi país. Aprendí que la resiliencia no es ausencia de dolor; es la capacidad de seguir caminando incluso cuando el corazón está lleno de cicatrices.

Hoy sigo siendo venezolana. Sigo extrañando muchas cosas de mi tierra. Sigo emocionándome cuando escucho nuestro acento o cuando recuerdo a las personas que amo y que aún están allá.

Pero también he aprendido que el hogar puede reconstruirse.

No reemplazarse, porque nada reemplaza las raíces. Pero sí reconstruirse.

Si pudiera pedir algo a quienes leen estas líneas, sería que cuando escuchen la palabra “refugiada” o “migrante” no piensen únicamente en alguien que huyó. Piensen también en alguien que tuvo el valor de empezar de nuevo. Piensen en una persona que dejó atrás casi todo lo que conocía y aun así encontró fuerzas para seguir adelante.

Porque detrás de cada refugiado hay una historia de pérdidas, sí. Pero también hay una historia de valentía.

Y aunque nadie elige atravesar ese camino, puedo decir que hoy me siento orgullosa de la mujer en la que me convertí mientras lo recorría.

Una mujer que perdió muchas cosas en el trayecto, pero que nunca perdió la esperanza.

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