Una mujer a la vez: las conversaciones que WW4W 2026 puso sobre la mesa

De Bogotá a Medellín, los foros de Women Working for the World en 2026 reunieron a más de 2.000 personas y a voces de distintos sectores para hablar de equidad de género, liderazgo y desarrollo social. Dos encuentros, múltiples perspectivas y una misma pregunta de fondo: ¿qué condiciones necesitamos transformar para que las oportunidades realmente estén al alcance de todas? “Llamamos a esta conferencia Women Working for the World por una buena razón: destacamos y damos visibilidad al trabajo que realizan mujeres de todo el mundo.” Con esta idea, Pat Mitchell, cofundadora de Project Dandelion y TED Women, inauguró en Bogotá la edición 2026 de Women Working for the World (WW4W). La frase no fue solamente una bienvenida. También planteó el punto de partida de dos encuentros que, en marzo y mayo, reunieron en Bogotá y Medellín a mujeres y hombres de la academia, el sector público, las empresas, los medios, el deporte, las organizaciones sociales y la cooperación. Desde WW4W, la conversación partió de una premisa sencilla, pero exigente: si queremos sociedades más equitativas, no basta con hablar de oportunidades. También hay que preguntarse quién puede acceder a ellas, qué obstáculos encuentra en el camino y qué responsabilidades tienen las instituciones, las empresas, los gobiernos y la sociedad para removerlos. En Bogotá, el 25 de marzo, el encuentro puso el foco en el liderazgo, los referentes, la voz, la violencia, el deporte, los medios y la capacidad de cuestionar aquello que durante años se ha normalizado. En Medellín, el 28 de mayo, esa conversación se amplió hacia los sistemas que sostienen la vida cotidiana: el cuidado, la protección de niñas y niños, el trabajo, la diversidad, la empresa, el territorio y las alianzas necesarias para producir cambios sostenibles. Reconocer el trabajo de las mujeres también es cambiar la conversación Una de las primeras discusiones de WW4W 2026 tuvo que ver con algo que puede parecer evidente, pero que sigue siendo necesario: reconocer el trabajo que las mujeres ya están haciendo y ampliar la posibilidad de que otras puedan imaginarse ocupando esos mismos espacios. En Bogotá, el panel “Mujeres en el Deporte”, moderado por la periodista Diana Rincón, reunió a Nicole Regnier, deportista olímpica y entrenadora FIFA; Nana Hinestrosa, Primera competidora de motocross en Colombia; y Lina Gómez, campeona mundial de karate. Sus experiencias pusieron sobre la mesa las barreras que las mujeres han encontrado en escenarios históricamente masculinizados. “Cuando empecé a jugar al fútbol eso no era para mujeres”, contó Regnier. Su historia también permitió hablar del valor que tienen los referentes para las nuevas generaciones: “Hoy las niñas quieren ser como una futbolista”. Hinestrosa puso el énfasis en otra dimensión de la desigualdad: “A muchas nos toca trabajar incluso el triple para hacernos notar”. Y Rincón resumió la experiencia desde una perspectiva de largo plazo: “Es una carrera de resistencia, no de velocidad”. La equidad no consiste solamente en abrir oportunidades Esta fue una de las ideas que atravesó ambas ciudades. En Bogotá, Rocío Casas, Ejecutiva Senior de la Oficina Colombia de CAF, llevó esta conversación al vínculo entre igualdad de género y desarrollo. Desde su intervención, planteó que “las sociedades funcionan mejor cuando todo es más equitativo” y señaló que el desarrollo no puede medirse solamente desde la economía, sino también desde las oportunidades que se construyen alrededor de la igualdad de género. La pregunta, entonces, cambia. No es únicamente si existe una oportunidad. Es qué condiciones hacen posible aprovecharla. Una mujer puede acceder a una formación, pero ¿tiene quién cuide a sus hijos? Puede conseguir un empleo, pero ¿encuentra un entorno libre de acoso? Puede llegar a una posición de liderazgo, pero ¿tiene las mismas posibilidades de reconocimiento? Puede denunciar una violencia, pero ¿encuentra instituciones capaces de protegerla? En Medellín, esta discusión tomó una forma especialmente concreta con el panel “¿Por qué hablar de sistemas de cuidado? Avances y apuestas del sistema del cuidado de Antioquia”, en el que participó Carolina Lopera, Secretaria de las Mujeres de Antioquia. Hablar de participación económica de las mujeres también implica hablar de quién sostiene las tareas de cuidado y bajo qué condiciones. El cuidado deja de ser un asunto privado que cada familia debe resolver por su cuenta y aparece como parte de una conversación sobre desarrollo, corresponsabilidad y participación social y económica. La misma mirada estuvo presente en “La diversidad que construye futuro”, con Cecilia Pinzón, donde la inclusión y la diversidad se abordaron desde su relación con la innovación, la cultura organizacional y los resultados. La pregunta dejó de ser solamente cómo abrir la puerta y pasó a ser qué necesitamos cambiar para que, una vez abierta, las mujeres puedan realmente avanzar. Prevenir, proteger, reparar: la equidad también se juega en la protección En Medellín, la jornada comenzó precisamente desde uno de los puntos donde las desigualdades pueden tener consecuencias más profundas: la protección de niñas, niños y adolescentes. El panel “Prevenir, proteger, reparar: una agenda urgente para la niñez” reunió a Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín; Emilio Puccio,secretario general del inter grupo del Parlamento Europeo sobre los derechos de los menores; y Marcella Zub, ejecutiva principal de la Gerencia de Género, Inclusión y Diversidad de CAF, bajo la moderación de Catalina Escobar, presidenta de la Fundación Juanfe. La participación de CAF en este espacio conectó la discusión sobre protección de la niñez con una agenda más amplia de desarrollo, género, inclusión y responsabilidad institucional. El panel planteó tres verbos que funcionan también como una hoja de ruta: prevenir, proteger y reparar. En Bogotá, la discusión sobre violencia tomó una dimensión particular desde los medios de comunicación. En el panel “Romper el silencio: poder, acoso y verdad en los medios”, participaron las periodistas Juanita Gómez, Laura Palomino y Paula Bolívar, con la moderación de Carolina Vidal, directora de comunicaciones de la Fundación Juanfe. Gómez puso en palabras lo que significa romper un silencio que durante años ha sido individualizado: “¿Qué hay que hacer? Lo que hicimos: romper el miedo y romper el silencio”. Pero también llevó

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Lina María Montoya Madrigal Directora Ejecutiva Corporación Interactuar

Mujeres empresarias: una fuerza que multiplica

Por: Lina María Montoya Madrigal. Directora Ejecutiva, Corporación Interactuar Cuando una mujer emprende, rara vez lo hace pensando únicamente en sí misma. Detrás de su negocio suelen estar el bienestar de su familia, la generación de empleo, la educación de sus hijos y el deseo de aportar al desarrollo de su comunidad. Sin embargo, muchas siguen encontrando puertas cerradas cuando buscan financiación, formación o acompañamiento para convertir una idea en una empresa sostenible. El problema no es la falta de talento, disciplina o capacidad. Las mujeres han demostrado que pueden liderar, innovar y sostener negocios incluso en escenarios adversos. La verdadera brecha está en las oportunidades: en el acceso al crédito, a redes de apoyo, a conocimientos empresariales y a organizaciones dispuestas a reconocer su potencial más allá de los prejuicios y de las condiciones tradicionales del sistema financiero. Por eso, hablar de inclusión financiera no puede reducirse a entregar recursos. Significa comprender las realidades particulares de las empresarias, diseñar soluciones cercanas y acompañarlas durante las distintas etapas de sus negocios. El crédito abre una puerta, pero la formación, la confianza y el acompañamiento permiten cruzarla y avanzar. Promover el crecimiento de las mujeres empresarias tampoco es una concesión ni un asunto exclusivo de justicia social. Es una decisión estratégica para el país. Cada negocio que se fortalece genera ingresos, crea empleo, activa cadenas productivas y aporta al desarrollo de los territorios. La equidad se construye cuando empresas, entidades financieras, gremios y organizaciones sociales convierten sus compromisos en acciones concretas. Necesitamos más oportunidades que reconozcan las capacidades de las mujeres y menos barreras que limiten sus posibilidades. Porque cuando una mujer puede hacer crecer su empresa, el impacto se multiplica. Avanza ella, pero también avanzan su familia, su comunidad y toda una economía que necesita del talento de todos para crecer.

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Daneidys Kattiuska de José Pardo Vasquez Embajadora de Salud y Enfermería

Huir no debería ser una forma de vivir

Por Daneidys Kattiuska de José Pardo Vasquez Hay recuerdos que marcan un antes y un después en la vida. Para mí, uno de ellos fue ver cómo el miedo entró a mi hogar y se sentó a nuestra mesa. Crecí en Venezuela, un país lleno de gente cálida, de paisajes hermosos y de sueños. Durante muchos años pensé que mi futuro estaría allí, cerca de mi familia, construyendo la vida que imaginaba desde niña. Nunca pensé que llegaría el momento en que tendría que marcharme para sentirme segura. La primera vez que comprendí que la libertad no estaba garantizada fue cuando mi hermana fue encarcelada por participar en manifestaciones. Su único delito había sido levantar la voz y expresar lo que pensaba. Recuerdo la angustia de mi familia, las noches sin dormir, la incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Recuerdo esa llamada de ella, contándome que estaba presa y que no le dijera nada a mamá; recuerdo sentir rabia, impotencia y, sobre todo, miedo. Miedo porque entendí que aquello que parecía imposible podía sucederle a cualquiera. A partir de ese momento, comencé a vivir con una sensación que muchas personas afortunadamente nunca han tenido que experimentar: el temor constante de que expresar una opinión pudiera traer consecuencias. Vivir así desgasta el alma. Poco a poco empiezas a medir tus palabras, a preguntarte qué puedes decir y qué es mejor callar. Hay quienes creen que migrar es una aventura. Y quizás para algunas personas lo sea. Pero cuando te vas porque sientes que ya no puedes vivir con libertad ni seguridad, la historia es diferente. Nadie se despide de su país porque quiere. Uno se va porque siente que quedarse duele más. El día que salí de Venezuela no solo dejé una tierra. Dejé abrazos pendientes, cumpleaños familiares, tradiciones, calles llenas de recuerdos y una versión de mí que pensaba que todo iba a salir de acuerdo con el plan. Recuerdo la incertidumbre de llegar a un lugar nuevo: no saber cómo sería el futuro, no saber si lograría encontrar oportunidades, no saber cuánto tiempo tardaría en sentirme en casa otra vez. Y cuando eres madre, esas preguntas pesan aún más. Porque ya no se trata solamente de ti. Se trata de las personas que dependen de ti. Se trata de intentar ser fuerte cuando por dentro te sientes rota. Se trata de sonreír para transmitir tranquilidad aunque estés llena de preocupaciones. Se trata de levantarte cada día porque sabes que rendirte no es una opción. Hubo momentos en los que me sentí invisible. Momentos en los que sentí que todo lo que había construido en mi vida había quedado atrás, como si hubiera tenido que empezar desde cero mientras cargaba una mochila llena de recuerdos, pérdidas y nostalgias. Pero también hubo personas que me tendieron la mano. Hubo oportunidades que me permitieron volver a creer en mí, como la Fundación Juanfe. Hubo espacios donde descubrí que mi historia no terminaba con la palabra “refugiada” o “migrante”. Con el tiempo entendí algo importante: sobrevivir no era suficiente. Yo quería volver a soñar. Y paso a paso lo hice. Aprendí a reconstruirme. Aprendí a reconocer mi valor más allá de las circunstancias que me obligaron a salir de mi país. Aprendí que la resiliencia no es ausencia de dolor; es la capacidad de seguir caminando incluso cuando el corazón está lleno de cicatrices. Hoy sigo siendo venezolana. Sigo extrañando muchas cosas de mi tierra. Sigo emocionándome cuando escucho nuestro acento o cuando recuerdo a las personas que amo y que aún están allá. Pero también he aprendido que el hogar puede reconstruirse. No reemplazarse, porque nada reemplaza las raíces. Pero sí reconstruirse. Si pudiera pedir algo a quienes leen estas líneas, sería que cuando escuchen la palabra “refugiada” o “migrante” no piensen únicamente en alguien que huyó. Piensen también en alguien que tuvo el valor de empezar de nuevo. Piensen en una persona que dejó atrás casi todo lo que conocía y aun así encontró fuerzas para seguir adelante. Porque detrás de cada refugiado hay una historia de pérdidas, sí. Pero también hay una historia de valentía. Y aunque nadie elige atravesar ese camino, puedo decir que hoy me siento orgullosa de la mujer en la que me convertí mientras lo recorría. Una mujer que perdió muchas cosas en el trayecto, pero que nunca perdió la esperanza.

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Cómo Postobón convierte la sostenibilidad en oportunidades reales para las personas y los territorios

Postobón parte de una convicción clara: el crecimiento empresarial solo es sostenible cuando genera valor más allá de los estados financieros. Por eso, en 2025 la compañía invirtió más de $60.460 millones en programas socioambientales, un incremento del 44% frente al año anterior, beneficiando a más de 187.000 personas en diferentes regiones de Colombia. Estas cifras no son resultados aislados. Son el reflejo de una visión que orienta su estrategia: los desafíos ambientales y sociales no son obstáculos para el negocio, sino oportunidades para generar bienestar, fortalecer comunidades y construir prosperidad compartida. Esa convicción es la misma que une a Postobón con aliados como la Fundación Juanfe, con quienes comparte la certeza de que el desarrollo real ocurre cuando las personas son el centro de las decisiones. Del compromiso al resultado: cifras que hablan por sí solas En gestión hídrica, Postobón ha reducido en un 48% el consumo de agua por litro de bebida producido desde 2013, y ha contribuido a la protección y conservación de más de 35.000 hectáreas de ecosistemas estratégicos. Adicionalmente, construyó 57 soluciones de acceso a agua potable que beneficiaron a más de 121.000 personas en comunidades vulnerables. Porque para la compañía, el agua no es solo un insumo productivo: es un derecho y una condición de vida digna. Economía circular con rostro humano Avanzar hacia modelos productivos más circulares es una responsabilidad que Postobón asume con convicción. En 2025 gestionó el aprovechamiento de cerca de 176.000 toneladas de materiales reciclables, reincorporándolos a nuevas cadenas productivas. Este esfuerzo tiene además un componente social que la empresa valora tanto como el ambiental: a través de FARO Postobón, acompañó a más de 5.800 recicladores y 55 organizaciones de reciclaje en 20 departamentos, fortaleciendo sus capacidades y promoviendo modelos de reciclaje inclusivo. También reincorporó un 29% de PET reciclado en sus botellas, superando los requerimientos de la regulación colombiana. Acción climática con impacto verificado Por tercer año consecutivo, Postobón renovó su certificación como empresa carbono neutro, consolidando su liderazgo en el sector de bebidas. La compañía invirtió cerca de $11.800 millones en proyectos de gestión climática, duplicó su capacidad de autogeneración de energía fotovoltaica y redujo en un 10,7% sus emisiones de gases de efecto invernadero frente al año anterior. Toda su energía proviene de fuentes renovables. Las personas, protagonistas del desarrollo Programas como MiPupitre Postobón y MiBici Postobón continuaron promoviendo el acceso y la permanencia educativa de miles de niños y jóvenes en diferentes regiones del país. HIT Social, que se acerca a sus 30 años de historia, impactó a 1.765 familias agricultoras en diez departamentos, fortaleció la productividad rural, promovió la inclusión de mujeres y jóvenes, y contribuyó a la generación de más de 4.100 empleos vinculados al agro. Estos resultados reafirman el valor de la articulación entre empresa privada, comunidades y Estado para construir modelos de desarrollo más inclusivos. Transformación desde adentro: su gente En 2025, Postobón contribuyó a la generación de 18.595 oportunidades de trabajo y destinó más de $57.000 millones en beneficios para sus colaboradores y sus familias. Alcanzó una participación femenina del 35% en cargos directivos y siguió impulsando la presencia de mujeres en ocupaciones históricamente masculinizadas. Para la compañía, la equidad no es una meta de reporte: es una condición para construir organizaciones más fuertes y sociedades más justas. Los resultados de 2025 demuestran que las empresas pueden ser agentes de transformación real. Cuando las inversiones, las alianzas y la visión de largo plazo se traducen en acciones concretas, es posible generar valor económico mientras se crean oportunidades para las personas, se fortalecen los territorios y se avanza hacia un futuro más sostenible para todos. Conoce más sobre el modelo de sostenibilidad de Postobón en informe2025.postobon.com

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Fotos polaroid de mujeres migrantes venezolanas con sus hijos.

Maternidades: Ser migrante y ser mamá 

Mudarse, empezar de nuevo y construir una vida en otro lugar, muchas veces sin una red de apoyo, mientras también se vive la maternidad, es parte de la realidad que atraviesan muchas mujeres migrantes. En el Mes de las Madres, reconocer estas experiencias también implica evidenciar todo lo que significa sostener un hogar, criar y construir estabilidad en medio de nuevos comienzos, porque hablar de maternidad también es hablar de cambio, adaptación y reconstrucción.  Seis mujeres participantes de Transformemos Sin Fronteras, un programa de Fundación Juanfe y Conrad N. Hilton Foundation que acompaña a mujeres migrantes venezolanas y colombianas retornadas en la construcción de estabilidad y autonomía en Colombia y que impacta en las ciudades de Cartagena y Medellín, comparten cuáles han sido algunos de los mayores retos de ser mamá en un contexto migratorio y qué es lo que hoy las hace sentir orgullosas de su proceso.  Conoce a estas valientes mujeres venezolanas migrantes.  Para muchas mujeres migrantes, la maternidad también implica enfrentar desafíos económicos, emocionales y familiares mientras intentan construir estabilidad en un nuevo país. Continúa leyendo para conocer los puntos de vista, sobre los desafíos y las satisfacciones, de estas valientes venezolanas migrantes, mientras construyen una nueva vida en Colombia.  Jenis Cabello | Sostener a sus hijos en medio de la incertidumbre  Jenis llegó a Colombia hace 8 años a Colombia, vive en Turbaco (Bolívar), tiene cuatro hijos: Jeiker José (17 años), Luz Estefani (15 años), Gustavo Rafael (7 años) y Jeidelis Andrea (10 meses). Para ella, construir estabilidad en otro país mientras sostiene a su familia ha sido uno de los procesos más difíciles de su vida.  “El principal reto de ser madre y ser migrante ha sido la falta de empleo para poder darles alimentación a mis hijos y tener dónde vivir.”  A pesar de las dificultades, asegura que mantenerse firme junto a ellos es lo que más orgullo le genera.  “Nadie dijo que iba a ser fácil pero tampoco imposible”, aseguró Jenis, quien añadió que las mujeres migrantes “somos mujeres fuertes valientes y luchadoras venimos de un país donde nada nos queda pequeño donde aprendemos a ser mujeres luchadoras desde pequeñas sin hacerle daño a nadie”.  Animir Santos | Construir estabilidad lejos de su familia  Animir llegó a Colombia hace 7 años, vive en Medellín y es mamá de Fanelimixir (20 años) y Ly (19 años). La distancia familiar y la falta de estabilidad laboral han marcado parte de su proceso migratorio.  “Lo más difícil ha sido estar lejos de mi familia y no tener estabilidad laboral para sostener completamente a mi familia”, manifestó Animir, quien añadió que “todo este tiempo he tenido trabajos informales y he tenido que sacrificarme en muchos aspectos para poder lograr muchas de mis metas”.  Hoy, ver a sus hijas construir su propio camino es una de sus mayores satisfacciones. Ella se enorgullece de que, gracias a su esfuerzo, sus hijas se graduaron de bachiller y, actualmente, están estudiando lo que ellas decidieron.  Jenny Fernández | Ser la voz y defensora de su hijo  Jenny llegó a Colombia hace 7 años y es mamá de Isaac (5 años). Adaptarse a un nuevo país mientras garantiza el bienestar de su hijo ha sido uno de sus mayores retos.  “Mi mayor reto ha sido lograr que mi hijo reciba la atención médica adecuada en un país distinto. Adaptarme al sistema de salud colombiano, entender los tratamientos y las terapias, ha sido una prueba constante”, señala Jenny, quien explica que su hijo “requiere cuidados constantes por su traqueotomía”.  Sin embargo, encuentra orgullo en el rol que ha asumido para protegerlo y acompañarlo: “Me siento orgullosa como mamá porque, a pesar de las dificultades, he sido su voz, su defensora. He luchado para que reciba la atención que merece, aun en las noches más duras”.   Siendo migrante y mamá permitió a Jenny descubrir que tiene “una fuerza que no conocía”, y en el proceso ha aprendido “a pedir ayuda, a ser resiliente, y a encontrar redes de apoyo donde antes no las veía”.  Raquel Peña | Criar lejos de la familia y construir un nuevo hogar  Raquel vive en Medellín y es mamá de Thiago Amaya (11 años). Para ella, una de las partes más difíciles de migrar ha sido criar lejos de la familia y construir estabilidad emocional para su hijo y “mantener la calma cuando todo es nuevo: salud, colegio, reglas”.  “Lo más difícil ha sido criar a mi hijo lejos de sus abuelos y familiares”. Aun así, Raquel reconoce todo lo que ha logrado durante el proceso. Y hoy redefine el concepto de la palabra ‘hogar’ como el lugar en el que esté su hijo.   Laura Alvis | Convertirse en mamá y papá al mismo tiempo  Laura llegó a Colombia hace 5 años, vive en Cartagena, y es mamá de Abraham (2 años) y Luna (1 año). Su proceso migratorio también ha significado reconstruirse “como mujer y madre migrante lidiando con un duelo profundo”.  “Mi mayor reto ha sido navegar la maternidad en un entorno completamente nuevo y convertirme en mamá y papá tras la pérdida del padre de mis hijos”, compartió Laura, quien hoy encuentra fuerza en el futuro que está construyendo para ellos.  Además, este proceso le permitió a Laura descubrir “una capacidad de adaptación y resiliencia” que jamás pensó tener. “Antes, quizás dudaba en ocasiones de mí misma. Ahora sé que puedo enfrentar casi cualquier situación, que soy una ‘solucionadora de problemas’ por instinto, y que tengo una fuerza interior inagotable”, agregó.  Jessica Torrealba | Trabajar y maternar  Jessica llegó a Colombia hace 9 años, vive en Medellín, y es mamá de Arianna (22), Ariannys (22), Yomar (19) y Luis Carlos (12). Las largas jornadas laborales y el poco tiempo en casa han sido algunos de los retos más complejos de su experiencia como mamá migrante.  “Lo más difícil ha sido pasar poco tiempo con mis hijos”, dice Jessica. Aun así, hay algo que le recuerda diariamente el vínculo que ha construido con ellos, dado que es la persona que llaman cuando tienen algún problema.”  Así, de lo que Jessica se siente más orgullosa es que, con sus hijos de la mano, “han sabido salir adelante”. En ese sentido, ella “les diría a otras madres que no se rindan, todo es pasajero. Nada es para siempre”.  Maternidades que también hablan de adaptación y reconstrucción  Cada experiencia migratoria es distinta, pero todas estas voces reflejan algo en común: la capacidad de construir estabilidad, redes de cuidado y nuevas oportunidades como una parte fundamental para salir adelante mientras atraviesan cambios profundos.  En el Mes de las Madres, visibilizar estas experiencias

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Talento Humano sin fronteras

Por Raúl Zuleta A veces nos perdemos en las cifras y olvidamos que la competitividad se construye con historias de personas. Hoy, el panorama de la fuerza laboral en Colombia ha cambiado; la migración venezolana ya no es una novedad, es una parte vital de nuestro motor productivo que nos desafía a ser más creativos, más estratégicos y, sobre todo, más eficientes. Cuando hablamos de integrar a los migrantes en el mercado laboral, no estamos hablando precisamente de filantropía, sino de visión organizacional estratégica. A nivel nacional, y muy especialmente aquí en Cartagena, tenemos una inyección de resiliencia y nuevas destrezas que sectores como el comercio, el turismo y la industria necesitan para evolucionar. El verdadero reto de competitividad es dejar de ver la migración como una «carga» y empezar a gestionarla como una oportunidad de crecimiento. Un mercado que no sabe aprovechar el talento disponible es un mercado que se estanca. Desde ACRIP – La Comunidad de Talento Humano, nuestro compromiso es tender puentes a través del conocimiento. Creemos que la formación es la herramienta más poderosa para derribar sesgos y ayudar a las organizaciones a capacitar su talento. Nuestra Comunidad ese punto de encuentro donde las empresas aprenden a identificar el valor real de cada persona y el talento. Escribo esto no solo desde mi rol como Director Ejecutivo de ACRIP, sino también como migrante venezolano. Los datos nos invitan a actuar con pragmatismo: según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), a junio de 2025, más de 2.8 millones de venezolanos residen en Colombia. En nuestra ciudad, somos más de 68 mil personas, y una gran mayoría cuenta con las condiciones para vincularse formalmente. Al final del día, me queda una duda que nos toca a todos: ¿Vamos a ser los líderes que construyan una economía donde todos sumen, o simplemente nos quedaremos sentados viendo cómo se nos escapa el talento?

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